Personajes de la Ciudad de Los Reyes Valle Dupar

jueves, 11 de septiembre de 2014

Guillermo Quintero Calderón-Biografía


GUILLERMO QUINTERO CALDERÓN
PRESIDENTE DEL GOBIERNO DE LOS CINCO DÍAS
(PUERTO NACIONAL, GAMARRA, 1832 – BOGOTÀ, 1819)

Cuando la historia habla de presidentes costeños, solo menciona a Rafael Núñez y a José María Campo Serrano. Pero hubo un “gobierno de cinco días”, presidido por un hombre nacido en el Cesar, aunque la historia no lo reconoce como hijo de esta tierra.

Se trata de Guillermo Quintero Calderón, nacido el 3 de febrero de 1832, en el pueblo ribereño de Puerto Nacional, ubicado a orillas del Río Magdalena, hoy corregimiento de Gamarra; el cual durante la Colo-nia se había conocido como Puerto Real de Ocaña y actualmente después que el río cambió de cause y dejó solo un brazo por donde fue su viejo recorrido, se llama Puerto Viejo.

La historia del puerto de Gamarra está íntimamente ligada a la de la provincia de Ocaña desde los orígenes mismos de esta ciudad, en la se-gunda mitad del siglo XVI, al fundarse Ocaña, en 1568, como señala José Nicolás de la Rosa, “en un llano de tierra doblada, circundado de serranías, que se divisan con algunas abras”[i]. En medidas de la época, Ocaña se encontraba a 150 leguas de la capital de la provincia, en esos momentos Santa Marta, de las cuales 125 correspondían a la navegación por el río y 25 al camino por tierra. Para llegar al río era necesario reco-rrer una ruta “doblada de serranías, desde el puerto llamado común-mente de Ocaña, que está a las orillas del dicho Río Grande, donde tiene almacenes para hospedar pasajeros y asegurar sus haciendas”[ii]

Las condiciones de localización de Ocaña, calificada por Antonio Julián como “la mejor ciudad de la Provincia” de Santa Marta, rápidamente mostraron la necesidad de una vía que la desembotellara y le permitiera comunicarse con el resto del país[iii]. El historiador ocañero Jorge Meléndez, en su obra sobre la Aguachica colonial, señala que “la solución estuvo, para el siglo XVI, con la fundación del Puerto Real de Ocaña, en 1570, y con su traslado posterior, en los años ochenta, cerca de Aguachica”[iv], con lo cual la montaña se acercaba al río y se solucionaba un problema de estabilidad de los caminos.

La capitulación de Francisco Fernández de Contreras, en su calidad de fundador, contenía todos los privilegios de un fundador. Actuó como encomendero y repartidor de los indios hacaritamas, cimitariguas y torcoromas, se adjudicó las tierras ubicadas al occidente de la ciudad y adquirió los derechos sobre el Puerto Real.

En razón de lo anterior, el Puerto Real quedaba adscrito a la ciudad de Ocaña y todos los transeúntes que por allí pasaban tenían que pagar derechos de alcabala, cuantificables por el peso en arrobas de la mercan-cía introducida por el puerto; el producido se repartía entre el rematador del puerto y la renta de propios para el cabildo, con la cual se construían y mantenían los caminos. De ese impuesto o peaje estaban exentos los habitantes de Ocaña, privilegio concedido por el fundador en recompensa por los servicios, sacrificios y gastos de la conquista.

Debido a esta condición, Quintero Calderón aparece como nacido  Ocaña, cuando sus primeras luces las vio en el puerto, llamado Puerto Nacional después de las guerras de independencia. Allí, sus padres, después de haber emprendido un viaje hacia Bogotá, en donde tenían planeado radicarse, y viendo las posibilidades que el Puerto ofrecía en ese momento –en que la navegación a vapor era introducida en el país– instalaron un próspero negocio comercial. En el viejo puerto, al lado de su padre, el ilustre personaje se inició en las primeras letras y en los conocimientos de la actividad productiva de la familia. Posteriormente fue enviado a la ciudad de Mompox, epicentro cultural y académico del río Grande, en donde se hizo bachiller del Colegio Pinillos, y posterior-mente se marchó a Bogotá en donde se graduó en Leyes en el Colegio Mayor del Rosario.

Desde muy joven demostró grandes habilidades para la política, la milicia y el comercio, actividad en la cual ayudó mucho a su padre, un comerciante del puerto, a quien le hacía todas las transacciones desde Mompox, mientras estudiaba el bachillerato y, posteriormente, administraba sus negocios en Salazar de las Palmas y San José de Cúcuta.

En la política, fue uno de los grandes hombres con que contó la región durante la segunda mitad del siglo XIX. Asistió al Congreso como Representante a la Cámara y Senador, y fue elegido constituyente en dos opor-tunidades, en 1886 y 1910. En la primera ocasión, participó en la constituyente que dio al país la constitución más famosa que ha tenido, en la cual fue el promotor de la eliminación definitiva de la pena capital en la Constitución Nacional, como una huella fecunda que aún perdura.

Admirable por sus ejecutorias políticas, por el prodigio de su personalidad y el carácter de hombre probo en todo el sentido de la palabra, el escrutinio nacional le otorgó reconocimientos y honores políticos que lo llevaron a ocupar altas dignidades en el Estado colombiano como consejero de Estado, ministro de gobierno y de guerra, designado (1892-1896), candidato presidencial en dos oportunidades y presidente de la República por el término de una semana; además de general y comandante en jefe del ejército de la República. Su carrera militar la había iniciado muy joven al lado de Tomás Cipriano de Mosquera, combatiendo la dictadura del general José María Melo. Después de participar en varias guerras civiles fue nombrado, en 1888, gobernador del departamento de Santander; alcanzó el rango de general en jefe del ejército de la República el 14 de enero de 1891 y posteriormente fue elegido representante a la Cámara y senador de la República.

A la más alta dignidad de la nación llegó el 12 de marzo de 1896, siendo la suya una de las más breves presidencias en la historia del país. Miguel Antonio Caro estaba encargado del poder ejecutivo en calidad de vicepresidente, desde su posesión en 1892, debido al marginamiento político del presidente Rafael Núñez y su posterior muerte en 1894. Por razones que nunca fueron precisadas, Caro pidió licencia para retirarse del poder y la persona constitucionalmente habilitada para sucederlo era el General Guillermo Quintero Calderón, quien había sido elegido designado el 12 de agosto de 1892, cuando se desempeñaba como Coman-dante General del Ejército, y reelegido en 1894.

Al entregarle el cargo Caro le expresó en una carta a Quintero Calderón:

Prestará Ud. por tanto, al encargarse del Poder Ejecutivo, un gran servicio a la causa pública, y a mí personalmente, pues me permite retirarme honorablemente y con ánimo tranquilo, quedando las riendas del gobierno en las manos del hombre leal, del ciudadano benemérito que dos veces consecutivas ha merecido la confianza del Congreso Nacional.[v]

Acompañado del vicepresidente y el gobernador de Cundinamarca, el designado Quintero Calderón tomó posesión del cargo, ante la Corte Suprema de Justicia, el 12 de marzo de 1896 a la una de la tarde, pronunciando un breve discurso de unidad nacional sin promesas ni pompas, que tuvo la mayor acogida entre la prensa de los diversos matices políticos y también en el partido de gobierno, pues en él tranquilizaba a las mayorías nacionalistas y llamaba a los diversos sectores a la conciliación, al determinar como programa de su administración el cumplimiento de las leyes y el logro de la concordia; además, señalaba su compromiso de hacer respetar la religión católica como elemento esencial del orden social y afirmaba que sobre esta base adelantaría sus políticas educativas y de administración pública. A los conservadores disidentes y a los liberales, los animaba anunciando una política de acercamiento y conciliación, lo cual se reflejó en el gabinete que nombró y en la rectificación de la política económica aplicada por Caro.

Pero Miguel Antonio Caro venía de ser uno de los protagonistas del pesado ambiente de la política nacional de finales del siglo XIX, generado por la intransigencia y la imposición propias del período de la Regeneración, que se caracterizaba por una política del exclusivismo y la intolerancia, con la cual se recortaron los derechos civiles y se reprimió toda manifestación de la crítica venida de quienes se consideraban contrarios a los postulados católicos y conservadores. Su primera víctima era el liberalismo y, posteriormente, lo fueron los disidentes conservadores que a partir de 1891 se iban apartando de los conservadores nacionalistas en el poder; la oposición conservadora fue ganando terreno, aprovechándose de los errores del gobierno de Caro, hasta formalizar su separación definitiva en un documento de enero de 1896, conocido como el “Manifiesto de los 21”, el cual, además de condenar la manera arbitraria y personalista como se manejaba el conservatismo, concluía con un llamado a renovar su dirigencia y reformar la Constitución.

Por la misma época en que Quintero Calderón asumía el poder, Caro se encontraba de descanso desde hacía algunos días en la población de Sopó, en el norte de Bogotá, con el propósito de retirarse de la vida política. Este retiro le duró poco, ya que el discurso de posesión de Quintero y la designación del nuevo gabinete, hecha con criterio independiente y sin atender sus intrigas y consejas, debió inquietarlo bastante, especialmente por su intención de rectificar la política económica. Por eso, como señala Bayona[vi], “su anhelo de concordia nacional tropezó con la ambiciosa y teatral actitud de Caro”.

Refiriéndose al discurso del nuevo presidente y al nombramiento del nuevo gabinete, compuesto por tres conservadores nacionalistas y dos históricos, la prensa de la época señalaba:

Se ha limitado en la presente ocasión a frases sencillas, escasas de promesas, que ni define un programa político, ni da asidero a las ilusiones o las esperanzas de ningún partido. En cambio, habiendo hecho dimisión el Ministerio anterior, los nombramientos para llenar el gabinete pueden servir como indicante de la política que se propone seguir el nuevo Magistrado...[vii]

Y en una circular publicada en El Republicano, los líderes oposicionistas de la época manifiestaban: “Nombramiento señor Abraham Moreno para Ministro de Gobierno, acrecen confianza garantías del sufragio y libertad de la prensa [sic]. Esperamos que esto aumentará la decisión de los liberales para concurrir a las urnas”.[viii]

Por eso, la piedra que rompió el cristal, golpeó cuando Caro se enteró de que Quintero había nombrado como Ministro de Gobierno a Abraham Moreno un conservador histórico, sector que acababa de publicar sus motivos de disidencia con Caro. Esta designación despertó la expresión de beneplácito de los liberales, quienes llevaban diez años de exclusión política. Moreno se había opuesto al cierre de la prensa por parte del gobierno conservador, como una manera de permitir la prensa libre y respon-sable para criticar y combatir los actos de la administración. Caro inició ingentes esfuerzos para conseguir que Calderón revocara el nombramiento, de Abraham Moreno, como ministro de gobierno, aludiendo que había tenido un cargo secretarial en el gobierno de Marceliano Vélez, su rival en Antioquia; su argumento consistía en que:

[...]es un gran error creer que se apacigua al enemigo trayéndolo a los primeros puestos. Se les ensoberbece, y los leales se resisten con justicia... la unidad de los elementos cristianos no se obtiene nombrando cardenales protestantes... Esos señores pueden venir al poder cuando tengan mayoría para ganar las elecciones o fuerza para ganar batallas.

Caro había anunciado que si Quintero se empeñaba en mantener el nombramiento de Moreno, reasumiría el mando. Pero Quintero, hombre de reconocido carácter, con un claro programa de unificación y concordia dentro del partido regenerador, se mantenía en su decisión y, resaltando las virtudes personales y políticas del ministro Moreno, buscaba un acercamiento a los sectores marginados de la administración pública, lo cual dejaba claro en la circular que había enviado a los gobernadores el mismo día de su posesión, en la cual solicitaba trabajar por la concordia, el saneamiento fiscal y la moralidad en el manejo de los recursos públicos, procurando la amortización del papel moneda y el restablecimiento de la circulación de la moneda metálica, así como controlar el gasto público, proteger la industria, fomentar la libertad económica garantizando las libertades públicas, y promover la instrucción pública, la educación del ejército y el respeto a la Religión Católica. Muchos de estos principios reñían con la política despótica de Caro.

Quintero defendía su posición basado en el principio de que “la patria está por encima de los agravios” y de que su idea era la reconciliación de Caro y Vélez, Reyes y Roldán y de todos los amigos de la Constitución. No obstante su ánimo, estas decisiones tropezaban con las ambiciones sectarias de Caro, quien el día 17 de marzo reasumió el poder desde Sopó, y reformó el gabinete, nombrando como Ministro de Gobierno al General Manuel Casablanca, a quien trasladó las tareas del gobierno, antes regresar a Bogotá el 10 de abril siguiente. Además, consiguió facultades para declarar la capital en estado de sitio en caso de que hubiera manifestaciones contrarias al cambio de gobierno, debido a los rumores callejeros de que habría oposición armada a su retorno al poder.

Los motivos expuestos por Caro para reasumir el poder quedaron expresados en el telegrama que, fechado el 17 de marzo, dirigió a todos los gobernadores del país, en el cual les manifestaba:

Participo a V. Sª que por motivos graves y cumpliendo el más penoso de los deberes, he reasumido hoy el ejercicio del Poder Ejecutivo, como Vicepresidente de la República.

Al enterarse el general Quintero de la decisión de Caro, aceptó callada-mente su derrota y salió del palacio presidencial seguido de un solo sirviente que en un coche conducía el baúl con sus pertenencias, hacia su humilde vivienda localizada en el Puente de Lesmes, a donde llegaron posteriormente muchos conservadores a vitorearle, sin que él se dejara ver. De esa manera se frustraba al país de un promisorio futuro de unión nacional, que traslucía prosperidad y paz republicana, y que tendría que esperar casi cuatro décadas más para iniciar.

La prensa capitalina registró el “Gobierno de los cinco días”[ix] con mucha benevolencia, así como la hombría, carácter y rectas intenciones del nuevo gobernante, al tiempo que deploró el triste retorno de Caro al poder.

Sobre este acontecimiento y particularmente sobre la actitud del Presi-dente Caro, el escritor ocañero Félix Bayona Lázaro, comentaba que con ello Caro sólo alcanzó a truncar “un futuro promisorio de unión nacional, que traslucía prosperidad, como fruto de la paz republicana que en sus sueños había” [x]. Y acerca de la actitud de Quintero, el periódico El Republicano, del 21 de marzo de 1896, señalaba: “Un gobernante que llega al poder a su pesar, que lo ejerce según los dictados de su conciencia, y sereno ante la tormenta que suscita su honradez, desciende inmediatamente de él sin amargura y con la tranquilidad del deber cumplido”.

Caro concluyó el mandato en medio de la crisis política desatada por la radical división entre conservadores nacionalistas e históricos, acentuada con la campaña presidencial para el período 1898-1904; además, a pesar de haber participado durante dicha campaña, en 1987 los liberales continuaban preparándose para la guerra. A la situación política se agregaría la económica, debida a la caída de los precios del café y el deterioro de las importaciones y el erario público en general, con un consecuente retraso en los sueldos públicos, y el freno a las obras públicas. Todo ello llevó al gobierno a asumir medidas impopulares como el monopolio en la producción de cigarrillos y fósforos.

Mientras tanto, las luchas de la oposición contra Caro, la crisis política de la Regeneración, y el episodio del gobierno de los cinco días habían dado a Quintero Calderón un prestigio tal, que este se mantendría en el escenario de la política como una prominente figura del conservatismo histórico. Era así como, al acercarse el debate electoral, se agitaba la vida política a finales de 1896. Los conservadores republicanos se preparaban para participar con sus mejores hombres en la contienda y poder derrotar a los nacionalistas continuadores de la obra de Caro. La junta de notables republicanos o históricos, reunida en Bogotá el 12 de marzo de 1897, designó por unanimidad a Quintero Calderón como director de ese partido, lo cual suscitó la adhesión de muchos copartidarios en toda la República.

Quintero asumió la responsabilidad asignada y en la campaña para el período presidencial de 1898-1904, se dedicó inicialmente a apoyar la candidatura presidencial del general Rafael Reyes, en cuya fórmula él había sido postulado como candidato a la vicepresidencia. En ese momento Quintero simbolizaba para el país el patriotismo, el honor y la valentía, y para sus copartidarios la unidad y la fraternidad conservadora. Por el otro lado, Caro, que se había inhabilitado para ser candidato, buscaba el modo de seguir gobernando y para ello lanzó la fórmula de Manuel Antonio Sanclemente a la presidencia y José Manuel Marroquín a la vicepresidencia. Aspiraba con ello que el anciano presidente, imposibilitado para gobernar, se excusara de venir a Bogotá y pudiera gobernar el vicepresidente, a quien esperaba poder manejar a su manera. Por su parte, los liberales, que no tenían ninguna posibilidad de ganar, presentaron la fórmula de Miguel Samper y Foción Soto.

Caro logró imponer su fórmula y el 7 de agosto, mientras Sanclemente permanecía de reposo en Buga, Marroquín asumió el poder ejecutivo, teniendo rápidamente que sortear la primera crisis política desatada por sus decisiones. Esta situación llevó a Caro a maniobrar nuevamente, solicitándole a Sanclemente que hiciera presencia en Bogotá. Este asumió el mando el 3 de noviembre, pero rápidamente se enfermó y se retiró a Anapoima y con él gran parte del gabinete, dejando la concentración del gobierno en el ministro de Gobierno Rafael María Palacio, quien firmaba por el presidente. El país entró entonces en un caos político y financiero, acompañado de censura de prensa, persecución a los líderes liberales, corrupción y desgobierno, dando origen a la guerra que estalló el 18 de octubre de 1899. El gobierno declaró turbado el orden público en todo el país, la contienda se generalizó, y la miseria se apoderó de campos y ciudades.

La actitud de Quintero Calderón al enfrentar a Caro en las elecciones de 1898 una de las más duras batallas que logró enfrentar en su vida política, demostró su reciedumbre de carácter, su fortaleza de espíritu y su incólume voluntad de libre pensamiento, que se manifestaron aún después de sucumbir altivo y enhiesto frente a las maquinarias oficiales y las poderosas fuerzas del clientelismo corrompido, que desde entonces se imponía en el país, orquestado por quienes, audaces y soberbios, detentaban el poder para sí. Fue tanta la grandeza que demostró en esa ocasión, que muy pronto desechó rencores y en procura del bienestar nacional y el futuro de la patria, al decir de Lucio Pabón Núñez, “prescindió erguidamente de sus resentimientos contra el humanista”[xi].


Sin declinar en su accionar político y a pesar de haber llegado a la edad de 68 años, Quintero junto con otros republicanos, entre quienes se encontraban los generales Jorge Moya Vásquez y los hermanos Martínez Silva, decidieron asestar el golpe de Estado contra Sanclemente, com-prometiendo al vicepresidente Marroquín, con el apoyo de los liberales, mediante negociaciones hechas con Aquiles Parra. Aprovechando la derrota de las fuerzas del gobierno en Sibaté el 31 de julio de 1900, el general Moya Vásquez marchó sobre Bogotá y, apoyado por ciudadanos conservadores, se apoderó sin ningún tropiezo de los cuarteles, con excepción del cuartel de San Agustín, hacia el cual se dirigió Quintero Calderón a disputar el mando al Ministro de Guerra, General Casablanca, al tiempo que comprometían al vicepresidente Marroquín para que se encargara del poder.

Con el argumento de que las fuerzas y el público exigían un cambio de gobierno, Marroquín se dirigió de inmediato a palacio, en donde asumió el poder; esa misma noche designó a Moya comandante en jefe del Ejército, a Carlos Martínez Silva en el Ministerio de Relaciones Exteriores y a Quintero Calderón en el Ministerio de Gobierno, cargo del cual renunció Quintero para protestar por el nombramiento del conservador guerrerista Arístides Fernández como Ministro de Guerra, pues este había hecho modificar las intenciones conciliadoras inicialmente manifestadas por Marroquín.

Quintero Calderón antes de retirarse del gobierno, junto con Carlos Martínez Silva y Miguel Abadía Méndez, habían iniciado conversaciones de paz con los rebeldes, representados por Aquiles Parra; sin embargo, dichas conversaciones fueron interrumpidas por intrigas de Fernández que provocaron la desautorización de Marroquín. Todo ello acabó con las negociaciones cuyo objeto era poner fin a la guerra.

El retiro de los conciliadores del gabinete de Marroquín llevó al traste las negociaciones de paz y dejó el camino expedito a los guerreristas que se afianzaron en el poder. La guerra, que en gran parte se había apaciguado, se recrudeció; el gobierno declaró la guerra a muerte a los rebeldes y estos transformaron sus ejércitos regulares en guerrillas, con el fin de evitar caer en manos del gobierno.

Quintero permaneció en el Ministerio del Gobierno durante 17 meses, en los cuales suscribió diversas determinaciones fuertes y represivas que buscaban detener el impulso feroz de la rebeldía alzada en armas, no obstante ser partidario de un armisticio con los rebeldes y de reformas que permitieran poner fin a la guerra. Pero la tendencia guerrerista que comenzaba a cobrar fuerza en el gobierno lo llevó a presentar su renuncia el 12 de diciembre de 1901, cuando en carta dirigida al Presidente Marroquín argumentaba que estaba “persuadido íntimamente de que es inútil para el bien público mi cooperación con el gobierno”[xii] y que, por tanto tenía el deseo absoluto de retirarse de todo cargo público.

Temeroso de que Quintero fuese a engrosar las filas de la oposición, Marroquín no aceptó su renuncia; pero al negarse aquel a autorizar el nombramiento de Arístides Fernández como Ministro de Guerra, por considerarlo inoportuno para la política de moderación y diálogo que hasta ahora venían desarrollando, decidió aceptar su retiro y le ofreció un cargo en el Consejo de Estado. Ante tal ofrecimiento, Quintero le replicó, en una carta del 11 de enero de 1902, en la cual demuestra el talante de su personalidad y la solidez de sus principios, diciéndole:

Mi retiro de todo empleo público y de la política militante a que ellos me obligan, obedece a escrúpulos de mi propia conciencia, que yo, el primero, tengo que respetar en todo cuanto pueda menoscabar mi probidad política y personal.[xiii]

Con la renuncia al Ministerio de Gobierno y al Consejo de Estado, ter-minaba una etapa de 50 años de servicios a la patria en la más variada gama de cargos públicos, cuyos méritos reconoció el gobierno de Marroquín, al concederle a Quintero, el 3 de diciembre de 1902, una pensión vitalicia de mil quinientos pesos.

Sin embargo, a pesar de ser ya septuagenario, después de pensionarse Quintero Calderón volvió a tener una activa vida política y en 1903 fue elegido senador por la Provincia de Ocaña, en cuya calidad fue designado miembro de la Junta Consultiva del Gobierno, llevando una vida apacible entre el Congreso, cuya presidencia llegó a ostentar para esta época, y las tertulias bogotanas de entonces. Al agitarse la nueva campaña electoral y dado el prestigio político que había consolidado, Quintero Calderón fue señalado por el Nuevo Tiempo como posible candidato presidencial, junto con Rafael Reyes y Marceliano Vélez. Pero el prudente anciano, ya despojado de los ímpetus de guerrillero que lo caracterizaron en las décadas de los sesenta y setenta, más bien se había vuelto amigo de la concordia y el progreso, viendo con horror los errores gubernamentales, por lo cual desistió de participar en la contienda.

El 7 de agosto de 1904, Rafael Reyes se posesionó como Presidente de la República intentando desde un principio una apertura hacia el liberalismo, que se había abstenido de participar en la contienda electoral. Reyes nombró ministros liberales y fue combatido por sus intentos progresistas. En 1905 el Gobierno entró en conflicto con el Congreso, el cual, ante los rumores de una guerra civil, dejó de sesionar y convocó a una Asamblea Nacional. Quintero Calderón se ubicó en la oposición, endilgándole a Reyes el calificativo de dictador, criticando su política fiscal y acusándolo de propiciar la penetración norteamericana; al mismo tiempo fustigó a la Iglesia Católica por contemporizar con el gobierno de Reyes.

Quintero Calderón condensó sus experiencias legislativas en la obra Bosquejo de enmiendas políticas[xiv], en la que además realizó algunas apreciaciones sobre administración y derecho constitucional, proponiendo reformas políticas de carácter utópico, y comenzó a pensar como el verdadero jurista que se había formado y que los agites de la vida pública no le habían permitido desarrollar.

El tratado con Estados Unidos sobre Panamá precipitó la crisis del gobierno de Reyes, quien había logrado prolongar su período a cinco años; una ola anti americana empezó a recorrer el país y surgió la Unión Republicana, que congregaba a líderes de diferentes matices liberales y conservadores, en medio de una gran confusión política en el país. El 7 de junio de de 1909, Reyes encargó a Jorge Holguín de la Presidencia, desde el municipio de Gamarra tierra natal de Quintero Calderón y viajó al exterior. El 20 de julio, el Congreso eligió para el cargo de Primer Magistrado del país, para concluir el período presidencial, al vicepresidente Ramón González Valencia, a quien Reyes, temeroso de una conspiración similar a la de Marroquín, suspicazmente había hecho renunciar. González Valencia no se consideraba en capacidad de sacar adelante al país y, como él mismo señaló en una carta dirigida a Luis Martínez Silva, “Sólo el deber me obligó a ocupar el puesto, y este solamente me hará continuar en él para el período de mi elección, que afortunadamente es corto”[xv].


El acto más importante de su mandato, fue la convocatoria en 1910 de una Asamblea Nacional Constituyente. Quintero Calderón, quien en ese momento había integrado con entusiasmo las filas del partido republicano, el cual se enfrentaba con el partido conservador, y pese a su avanza-da edad de 78 años, fue elegido nuevamente como constituyente para reformar la Constitución de 1886, de cuyo Consejo Nacional de Delegatarios también había hecho parte, para lo cual fue nombrado el 24 de septiembre de 1885 como primer suplente del General José Santos quien, a su vez, había sido nombrado en representación del Estado de Santander.

La participación de Quintero en el Consejo de Delegatarios de 1885 había sido reconocida por el mismo cuerpo legislativo, cuando en sesión del 30 de septiembre de 1885, al resolver una solicitud de licencia pre-sentada por él, expresó:

No se concede licencia que se solicita. El Consejo Nacional estima en cuanto valen el patriotismo e inteligencia con que el H. Delegatario Quintero Calderón presta sus servicios al país en esta Corporación, sin perjuicio de que continúe prestándolos como jefe militar, con la abnegación, que le constituye uno de los más merecedores hijos de la República.[xvi]


La participación histórica de Quintero Calderón en la Asamblea Constituyente reformadora de la Constitución del 86 dio como resultado de sus esfuerzos nada menos que la aprobación que consiguió para abolir definitivamente la pena de muerte por cualquier delito, aunque su madurez política y su sapiencia jurídica le permitieron aportar luces en las demás reformas sustanciales que recibió la Carta en esa ocasión, muchas de las cuales se mantuvieron vigentes hasta su reemplazo en 1991.

Después de su participación activa en la Constituyente de 1910, el deterioro de su salud lo fue alejando poco a poco del trajín de la política; no obstante, al comenzar la Primera Guerra Mundial realizó una intervención pública para aconsejar a sus copartidarios el respaldo a los aliados, a quienes consideraba “defensores de los principios y anhelos de libertad democrática, enfrentados al despotismo y a la tiranía”.

Su muerte le llegó diez días después de haber cumplido 87 años, en la fría tarde bogotana del 14 de febrero de 1919, en medio de la escasez y en la soledad, ya que por dedicar todas las energías de su vida a la actividad pública, había descuidado sus bienes, sus pertenencias e incluso a su propia familia, ya que no pudo asistir a los funerales de su esposa, padres y hermanos. Quienes de él se beneficiaron material o intelectual-mente, lo abandonaron en la recta final de su vida, incluido su amigo personal el presidente conservador Marco Fidel Suárez, quien por celos políticos se negó a asistir a los funerales y delegó en el Ministro de Gobierno la firma del decreto de honores para el ilustre personaje.

Solo gente humilde y jóvenes estudiantes se acercaron a rendirle tributo de admiración en sus funerales. Y Jorge Eliécer Gaitán, en representación de las juventudes liberales pronunció un lírico discurso en el cual se destacan las siguientes palabras, que manifiestan claramente la admiración que despertaba este hijo ilustre de la tierra cesarense entre sus contemporáneos:

Antes que claveles y lágrimas, siemprevivas y laureles regados sobre el mármol bruñido del sepulcro que os ha de dar glacial abrigo, quisiera oír el voto solemne de imitaros en el amor a las ideas, hoy ante vuestro cadáver...[xvii]





[i] De la Rosa José Nicolás. Floresta de la Santa Iglesia Catedral de la ciudad y provincia de Santa Marta. Banco Po-pular, Bogotá, 1975, p. 213.

[ii] Ibid.

[iii] En: La Perla de América. Academia Colombiana de Historia, Bogotá, 1985

[iv] Meléndez Sánchez, Jorge. La tierra de don Antón. Estudio sobre Aguachica colonial. Bogotá: Universidad Pedagó-gica nacional. S. f. p. 51.

[v] Banco de la República. Los constitu-yentes de 1886. Juan de Dios Ulloa, Guillermo Quintero Calderón, Antonio Carreño. Tomo 2. Banco de la Re-pública, Bogotá, 1986, p. 259.

[vi] Bayona, Félix J. “Guillermo Quintero Calderón”. En: Boletín Hacarita-ma, Ocaña, s.f.

[vii] Editorial del periódico El Derecho, del 13 de marzo de 1896, que con la autoría de Valentín Aldana, fue titulado ¿Política nueva?

[viii] Ver: Circular de beneplácito del Co-mité Eleccionario del Partido Liberal, publicada en el periódico El Republicano, el 16 de marzo de 1896. Fir-mada por Parra (Aquiles), Camacho (Salvador), Ezquerra (Nicolás), Ro-bles (Luis Aurelio), Mendoza y Uribe y suscrita por Espinosa como Secre-tario.

[ix] Aguilera, Mario. “Cien años del gobier-no de los cinco días. Guillermo Quinte-ro Calderón y Miguel Antonio Caro”. En: Revista Credencial Historia, Nº 82, Bogotá, octubre de 1996.

[x] Bayona, op. cit.

[xi] Citado por Bayona Lázaro, Félix. En: Guillermo Quintero Calderón, Boletín Hacaritama. Ocaña, S. f.

[xii] Quintero Calderón, Guillermo. Carta dirigida al Presidente Marroquín, 12 de diciembre 1901. Consultada en: Ban-co de la República, op. cit., p. 269.

[xiii] Ibid. p. 269.

[xiv] Quintero Calderón, Guillermo. Bos-quejo de enmiendas políticas. Bogotá. s. e. 1908.

[xv] Columna editorial “El General Quin-tero Calderón y el Partido Republica-no”. Publicada por El Tiempo. Enero 21 de 1915.

[xvi] Diario Oficial, Nº 6513, 12 de noviem-bre de 1885.

   [xvii] Figuereido, Alberto. Documentos para una biografía. En los funerales del General Guillermo Quintero Cal-derón, colección Jorge Eliécer Gaitán, tomo 1. Bogotá: Centro de Documen-tación Jorge Eliécer Gaitán, 1949. pp. 81-84.

Autor de la Biografía: Simón Martinez Ubárnez

BIBLIOGRAFÍA


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-   Disyuntiva parlamentaria. Anales del Congreso Bogotá, (Imprenta Nacional), 1916.

-          Ocampo López, Javier. “Las guerras civiles en Colombia”. En: Historia de Colombia, tomo 6. Bogotá, Salvat, 1987.

-          Planeta Editores. Nueva Historia de Colombia (6 Vol.). Bogotá, Planeta, 1989.

-          Pombo, Manuel Antonio y Guerra, José Joaquín. Las constituciones de Colombia (6 vol.) Bogotá, Banco Popular, 1986.

-          Quintero Calderón, Guillermo. Bosquejo de enmiendas políticas. Bogotá. s. e. 1908.

-          Rosa, José Nicolás de la. Floresta de la santa iglesia catedral de la ciudad y provincia de Santa Marta. Bogotá, Banco Popular, 1975.


-          Striffler, Luis. El río Cesar. Relación de viaje a la Sierra Nevada de Santa Marta en 1876. Cartagena, Gobernación de Bolívar, 2000. 

Imágenes del presidente Guillermo Quintero Calderón


General Guillermo Quintero Calderón en traje militar.
Fotografía de la Colección J.J. Herrera, Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá

 Guillermo Quintero Calderón y Miguel Antonio Caro como Senadores en 1903.

Dibujo de Alberto Urdaneta, 
mayo 15 de 1884. Biblioteca Nacional, Bogotá.

Guillermo Quintero Calderón
Oleo de Silvano Cuellar,1904,Museo Nacional de Colombia,Bogotá.

Otros datos Biográficos

El presidente Guillermo Quintero Calderón es hijo de Don Idelfonso Quintero Rizo y de Doña Dolores Calderón; Se casó con Doña Josefa Peinado Guerrero con quién tuvo cuatro hijos: Octavio Quintero Guerrero, Libia Quintero Guerrero, Elías Quintero Guerrero y Orsina Quintero Guerrero.

Libia Quintero Guerrero se casó con Ángel Ovalle y  de esa unión nació Ricardo Ovalle Quintero, quien contrajo matrimonio con  Clara Rizo de Pompo.

Orsina Quintero Guerrero se casó con Gastón Charles Raphael Julien Lelarge y de dicha unión nació Rafael Lelarge Quintero quién se casó con Soledad Mesa y  procreó a dos hijos: Rafael Lelarge Mesa y Lucía lelarge Mesa.

Rafael Lelarge Mesa se casó con Luz Gómez Olarte y de dicha unión nacieron 4 hijos: María Claudia Lelarge Gómez, Mauricio Lelarge Gómez, Andrés lelarge Gómez y Mónica Lelarge Gómez.

Lucía lelarge Mesa se casó con Humberto Linares, teniendo dos hijos: Santiago Linares Lelarge y María de Los Ángeles Linares Lelarge.

De los hijos varones del General Guillermo Quintero Calderón, Octavio y Elías Quintero Guerrero, no se le conoce descendencia.

Tomado de Genealogía Colombiana, Familiares y Parentela de los Presidentes de la República de Colombia. Presidente Guillermo Quintero Calderón (1896).-Elaboró Julio Cesar García Vásquez (Sept. 2011).

La Academia de Historia del Cesar, recuperando la memoria histórica de los personajes del caribe colombiano, publica esta biografía-Ilustres Desconocidos. Protagonista de su Tiempo, GUILLERMO QUINTERO CALDERÓN, Presidente del Gobierno de los Cinco Días (Puerto Nacional, Gamarra, 1832 – Bogotá),de la autoría del doctor Simón Martínez Ubárnez, Miembro de Número de la Academia de Historia del Cesar.


César Emilio Sánchez Vásquez
Miembro de Número de la Academia de Historia del Cesar. 
Editor del Blog:Personajes de la Ciudad de los Reyes, Valle de Upar y Región Caribe de Colombia. 

Esta biografía hace parte de los Personajes de la Ciudad de los Reyes, Valle de Upar y Región Caribe de Colombia, publicación de la Academia de Historia del Cesar, recuperando la memoria histórica.

Nota: Al terminar la lectura de cada biografía, encontrarás el signo de google g +1.

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